martes, 18 de septiembre de 2007

CUATRO PUNTOS LITORALES

Existen, para mí, cuatro puntos del litoral peninsular e insular que tienen una magia especial, con algunas características comunes, a los que siempre me gusta volver.
A pesar de que dos de ellos se encuentran en el Mediterráneo y otros dos en el Atlántico, comparten el mar y una costa salvaje (aunque cada vez menos) sin apenas gente (aunque cada vez más).
El primero de ellos es la Isla de Formentera, que con el tiempo también se va pareciendo cada vez menos a lo que fue, pero en donde he pasado muy buenos momentos, sirviéndome alguna vez de varadero en una isla que dicen que flota, y en donde se respira libertad y creatividad, o sea, mar. El segundo es Cabo de Gata, y al igual que el anterior, ha cambiado mucho estos últimos años, pero que aún sigue irradiando creatividad y que me hace sentir a fondo el Mediterráneo.
Como dice el cantor… “y que le voy a hacer si yo nací en el Mediterráneo.” foto cogida prestada de Victor Manuel Pizarro (espero que no le importe)
Ya en el Atlántico, con el que me siento más identificado, aunque aún con ciertas influencias del anterior, Bolonia, entre Tarifa y Barbate.
Lugar ya apreciado por los romanos en su asentamiento de “Baelo Claudia”, lleno de tranquilidad e inspiración.
Hace tiempo que no voy por allí, pero por desgracia creo que también ha cambiado. Poco más al Norte, con playas y calas casi desérticas al pie de impresionantes acantilados que son un libro abierto, geológicamente hablando. Donde se encuentran de golpe por un lado el campo más castizo, con sus carrascales, alcornoques y un aire impregnado de jara y romero, y por otro, la agreste costa batida por el océano infinito, con olor a mar y a bacalao braseado.
Este lugar aún se mantiene relativamente virgen, así que no lo nombraré. Todos ellos son puntos de energía para mí, donde poder recargar baterías en los veranos de Junio y Septiembre.
Lo bueno de estos lugares es que el mar deposita en la orilla una buena cantidad de “juguetes” para pasar el día entretenido, entre baños, paseos y lectura...
... o simplemente poner la mente en blanco, tumbado al sol como un lagarto.

viernes, 14 de septiembre de 2007

"TERRA"

Todo un himno relacionado con las últimas reflexiones, de Caetano Veloso y Gilberto Gil. Dos poetas, músicos y errantes navegantes ...

viernes, 31 de agosto de 2007

REFLEXIONES

EL MAR ANIMADO
¿Habrá que creer a quien dice que el mar es sólo una masa de agua inerte?
¿Será verdad que no tiene color, sino que sólo refleja la luz?
¿Será acaso cierto que el mar no tiene vida propia, sino que se mece a tenor de los vientos y mareas?...
Aparentemente podría pensarse que así es, que depende de los elementos que le rodean para ser él mismo. Sin embargo, todos los que lo conocen bien, los que han cabalgado en su seno, que lo han sufrido y gozado, empleando suficiente tiempo en observarlo, coinciden en sospechar, incluso afirmar que los colores del mar son expresión de su ánimo. Ánimo que es alma, un alma que mueve sus entrañas con furia o que lo muestra calmo y dócil.

VIDA EXTRATERRESTRE

Existe un paralelismo entre los astronautas y los buzos. Ambos deambulan por el interior de un espacio ingrávido en el que no pueden vivir.
Pero sin necesidad de ir más allá de nuestro planeta, como suele decirse, existe otro mundo, pero está en este.
El mar es como una atmósfera que envuelve otra vida, que la da y la protege, pero que también la quita.
¿Acaso sus habitantes pensarán, como nosotros, que al otro lado del manto que limita ambos mundos no se puede vivir?
De manera análoga, los habitantes de tierra, como intuyó Torricelli, “vivimos en el fondo de un mar de aire”.
Dos mundos en uno que interactúan y se miran de frente sin apenas entreverse.
A nosotros el mar nos da la vida, y no bastándonos con ello, con suicida avaricia parricida, lentamente le vamos robando la suya. Echando un vistazo entre dos mundos
Quizá eso nos conduzca a ir preparando una vida futura, más allá, donde hoy por hoy no se puede vivir, y aunque así fuera, ¿a quién le podrá interesar?. Desde luego no a mí. Compadezco a los que tengan que volver la vista atrás con nostalgia de un mundo que fue y ya no es. Pero nos lo habremos ganado a pulso, lo malo es que sin consultar, a los habitantes del mar, también les habremos arrebatado el suyo.

Esperemos no tener que colgar el cartel de "CERRADO POR DEFUNCIÓN"

miércoles, 29 de agosto de 2007

Sail away...

Curioso video con original forma de tomar imágenes de este navegante solitario desde una cometa. Esto es aprovechar las posibilidades del viento al máximo ;-)

lunes, 27 de agosto de 2007

Link de GREENPEACE


Inicio
Una página que conviene visitar, porque ellos velan por los océanos y nos mantienen alerta.


sábado, 25 de agosto de 2007

El sempiterno mareo...

El pasado miércoles volví a repetir una vez más la travesía entre las Rías Bajas y las Altas, a bordo de un velero de 50 pies y en compañía de dos buenos amigos de la infancia, el hijo de uno de ellos y un convidado de última hora. Con mis amigos solía navegar cuando éramos chavales, sobre todo a bordo de embarcaciones de vela ligera, aunque alguna vez también formaron parte de la tripulación del barco de mi padre, más uno de ellos que el otro. De todas formas hacía tiempo que no navegaban. El chaval se estrenaba en estas lides, y el quinto tripulante, aunque propietario de un velero, también era bastante neófito en cuanto a navegación se refiere. La predicción meteorológica, si no ideal, era la menos mala de la semana, anunciando vientos de proa de entre 15 y 20 nudos y marejada.
Salimos por la Ría Arosana con la mar en calma y un suave viento del nordeste con un día soleado. Pasamos por los estrechos de Aguiño navegando con vela y motor, apagando este en cuanto los dejamos atrás, ciñendo ya con unos 15 nudos de viento del Norte. Hasta aquí todo era perfecto y placentero, no obstante ya habían circulado las pastillas de las que habían hecho acopio en la farmacia antes de zarpar, en previsión del temido mareo.
Es curioso como se piensa en el mareo en cuanto se nombra la palabra navegar, como algo irremediablemente asociado, confiando en que alguno de los múltiples remedios químicos nos evite sufrirlo. Personalmente creo que en buena medida es algo psicológico, pero también es cierto que el organismo necesita de un tiempo para adaptarse al medio, y que unas personas tienen más facilidad que otras.
Remontábamos la costa dando bordadas hasta pasar el cabo de Corrubedo por dentro de sus famosos bajos, mientras el viento fue arreciando levemente hasta los 25 nudos. En las caras se empezaba a borrar el entusiasmo inicial y algunos rociones ya llegaban, tímidamente al principio, hasta la bañera. Para no alargar demasiado el tiempo de la travesía, prevista “a priori” en 15-17 horas, decidí poner en marcha el motor y enrollar el génova, dejando izada la mayor, para poder arrumbar directamente hacia el Cabo Fisterra, visible ya en la distancia.
Al salir cometí el doble error de fiarme del estado del nivel de gasoil anunciado por parte del último que había navegado en el barco, no prestando por tanto demasiada atención al mismo y no lo comprobé personalmente, sólo cuando ya habíamos salido por la bocana, pero el puerto de partida no tenía surtidor, lo que nos obligaría a “perder” bastante tiempo acercándonos a otro puerto donde poder repostar. Dada la predicción meteorológica estimé que tendríamos suficiente y en el peor de los casos podríamos hacer la última parte de la travesía a vela.
Según íbamos ganando latitud norte, la mar se iba encrespando y el viento continuaba arreciando lentamente.
Los primeros en asomarse a la borda fueron padre e hijo.
Las olas hacían su labor, humedeciéndonos casi imperceptiblemente con cada roción, por lo que bajé a enfundarme el traje de aguas antes de estar mojado. El resto de la tripulación no quería ni oír hablar de bajar al camarote, y aunque les subí alguna prenda de abrigo, fue demasiado tarde para ellos, ya estaban empapados.
El viento siguió aumentando y antes de alcanzar Fisterra llegó a puntas de 35 nudos, encañonado desde la Ría de Corcubión.
Nos cruzó la proa una patrullera de la Armada mientras se dirigía en busca de refugio hacia la ensenada de Finisterre, detalle que no pasó desapercibido para la tripulación.
También nosotros, en demanda de cierto amparo del cabo nos pegamos a tierra hasta pasar a menos de cien metros de los acantilados, por dentro del islote del Centolo, lo que nos dio un respiro por lo menos hasta rebasar el Cabo de la Nave, contiguo al de Fisterra.
Desde ahí hasta el siguiente, Cabo Touriñán, la mar y el viento suavizaron su fuerza notablemente, pero aún así otro de mis amigos vació el contenido de su estómago por la borda. Los tres bajaron al camarote a cambiarse de ropa, pero ninguno de ellos volvió a cubierta.
Antes de alcanzar Cabo Vilán, a pesar de que la navegación se había tornado bastante cómoda, observé que el nivel de gasoil había bajado más de lo esperado, sin duda debido al mayor consumo que requería la mar y el viento de proa, por lo que me plantee la posibilidad de entrar en Camariñas a pasar la noche y repostar por la mañana.
El parte anunciaba aún más viento del Norte para el día siguiente, y dado que las condiciones habían mejorado, preferí aprovecharlo y seguir adelante.
Una nueva puesta de sol sobre el mar y la noche, desde mi punto de vista, estuvo agradable, pero en una de estas también el quinto tripulante acabó sufriendo el mal de mar y terminó retirándose a sus aposentos. A pesar de ir navegando a motor, seguía haciendo cerradas bordadas con fin de que la mayor fuese portando y colaborase al avance del barco.
Mi idea era llegar a doblar las Islas Sisargas y a partir de ahí, al abrir el rumbo, desplegar también el génova para navegar sólo a vela de ceñida, a rumbo directo hacia nuestra ría de destino.
Pero a eso de las 03:00 h, a falta de unas cinco millas para doblar las islas, el gasoil se terminó.
El pedazo de luna que me fue amenizando la noche desapareció por el horizonte, dejándonos en una profunda oscuridad.
Mientras desplegaba el génova y daba un bordo hacia el mar, dos de los tripulantes subieron a cubierta, alertados por la ausencia del ruido del motor.
Por la Ley de Murphy, justo en ese momento el viento amainó hasta los doce nudos. Demasiado poco para hacernos remontar la mar formada, pero afortunadamente fue momentáneo, y arreció de nuevo hasta los veinte nudos, permitiéndonos virar y arrumbar de nuevo hacia las islas.
Uno de los estómagos volvió a entrar en erupción, y mi amigo volvió a desaparecer por el tambucho. Tras doblar Sisargas, el quinto tripulante le acompañó.
Volví a quedar solo en cubierta, ciñendo a unos 6-7 nudos a rumbo hacia nuestro destino y la luz del faro de la Torre de Hércules a unas 22 millas por la amura de estribor. Fue uno de los momentos que más disfruté de la travesía. Con la regala a ras de agua mientras el barco avanzaba con potencia cabeceando majestuosamente.
Seguí navegando en estas condiciones durante unas tres horas, hasta que a eso de las seis de la madrugada, a falta de unas cuatro millas para estar al través de Hércules, el viento cesó prácticamente de golpe dejándonos aboyados con las velas dando sacudidas a una banda y la otra.
Con el cambio de condiciones, uno de mis amigos subió de nuevo a cubierta para echarme una mano en el intento de lograr orientar el barco y las velas en busca de algo de viento, pero al cabo de un par de penosas viradas su estómago se volvió a resentir, ahora ya en vacío, y bajó nuevamente a su litera.
Seis horas para recorrer cinco millas en una desalentadora lucha por aprovechar las ligeras ráfagas de viento que aparecían y desaparecían.
Los partes meteorológicos por el VHF anunciaban viento del NE de fuerza 4-5 para la zona, pero bajo la influencia de Murphy teníamos Estesudeste fuerza 0-1, justo de la dirección a la que debíamos ir. Es uno de esos momentos en los que acabas blasfemando contra Eolo y el mismísimo Neptuno, al límite de la paciencia y el cansancio.
Afortunadamente la mar se fue amansando, con lo que con alguna brisa conseguía tener cierta presión en las velas.
Aproveché para baldear los restos que la tripulación había ido dejando por la cubierta, a ambas bandas de la bañera en sus desesperados intentos por alcanzar la borda. Arranché un poco el barco y me preparé un buen desayuno, antes de armarme de paciencia y volver al timón para hacer andar lo más posible al barco.
A las once de la mañana, el panorama era descorazonador, avanzando a un escaso nudo de velocidad, así que decidí llamar a un amigo para que con su barco nos acercase un bidón de gasoil, dado que nos encontrábamos a poco más de ocho millas del puerto de Sada.
Una hora más tarde llegó una suave pero constante brisa del norte que nos permitía navegar a rumbo a unos tres o cuatro nudos, y muy poco después apareció el barco que nos traía el gasoil.
Vaciamos el bidón en el depósito, y mientras cebaba el motor para arrancarlo ya estábamos navegando a un largo por las tranquilas aguas de la Ría de Sada.
Finalmente arrancamos el motor, fuimos recogiendo velas y preparando la maniobra de atraque al tiempo que doblábamos el espigón para entrar en el puerto, tras 24 h. de una travesía que podía haber durado 15 h.
Una vez ya en los pantalanes, si hubiese preguntado a mis tripulantes qué les había parecido la travesía, seguramente casi todos estarían de acuerdo en definirla con una sola palabra, “mareo”. Algo que no se suele mencionar en las idílicas revistas de náutica al hablar de las estupendas navegaciones estivales. ;-)

martes, 21 de agosto de 2007

Cuarta y última etapa de "Le Figaro"

La solitaire - Diaporamas
Como se puede apreciar en las fotos de esta cuarta etapa por el Cantábrico entre A coruña y Les Sables D´olonne, los barcos brillaron por su ausencia. Y no es que no estuvieran, es que apenas se les veía entre las olas.